las cosas claras, señor presidente

Círculo pa sobrevivir en la modernidarkz

Taller para quienes aún creen en un mundo sagrado

Publicado: 2017-12-18

“Naces, creces, te reproduces y mueres”.

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La vida en un entorno urbano como el de Lima es sentida como un trazo que avanza unilateralmente y en fases progresivas. Se suele aceptar que, a lo largo de esta progresión, de esta experiencia sentida como el despliegue de un centro —“yo”—, ciertas ideas y prácticas son incorporadas y abandonadas sucesivamente, bajo la forma de un perfeccionamiento gradual garantizado por los ímpetus de una razón universal. También estamos relativamente dispuestxs a aceptar que este proceso —llamémosle, el de la transformación de un “individuo”— puede darse tanto en el plano de los hábitos cotidianos más espontáneos (superficial) como en relación a estructuras fundamentales de acción y percepción. Numerosos lugares de la cultura mayoritaria dan cuenta de la validez de estas ideas, aunque algo como una “teoría sobre la vida” jamás se nos haya enseñado, así de explícitamente. Es posible imaginar, entonces, que el carácter “evidente” de la idea de que un individuo es capaz de transformarse a lo largo de su vida señala un lugar de certidumbre mayoritaria; que, así como no tengo que recordar todos los movimientos que mi cuerpo tiene que hacer para ponerse de pie y caminar, esta idea es tan “cierta” que no necesita ser nombrada y explicada, como si las personas con las que nos relacionamos fueran a desconocerla o ser incapaces de entenderla. Sobre esta especie de suelo compartido por conjuntos de individuos, cabe preguntarse: ¿cómo llegamos a situarnos más o menos cómodamente en este territorio? ¿Estamos cómodxs? ¿A alguien le duele encontrarse en esta posición?

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La palabra “modernidad” hace aparecer en la mente imágenes de sofisticación y comodidad. Se dice que un país, una técnica agrícola o una tradición artística se modernizan cuando el proceso de su transformación progresiva da origen a una nueva fase, cuando ha ocurrido una revolución que obliga a reconsiderar la identidad de aquello mismo que antes era de un modo, pero ahora es distinto.

¿En qué consiste la identidad de lo moderno?

En el afán de narrar su propia historia en términos coherentes, la intelectualidad europea ubica los orígenes de la modernidad en el tránsito del siglo XVIII al XIX, aunque las primeras manifestaciones del ingreso de la mente humana a este momento de la historia empiezan a aparecer dos siglos antes (Don Quijote de la Mancha, la primera novela moderna, se publicó en 1605; Discurso del método, el ensayo fundacional de Descartes, en 1637). El componente original de este momento, tras el cual quedará automáticamente delimitada la Antigüedad, la “oscuridad” medieval en que vivían las personas bajo el imperio de Dios, la magia y la superstición, es explicado en términos de un cambio radical en la manera de conocer el mundo y, por lo tanto, de nombrarlo. El lenguaje como entidad sagrada (palabra de Dios), compuesto de signos colocados en el mundo para su desciframiento, se enfrenta en los inicios del racionalismo europeo a una nueva necesidad expresiva. La necesidad de ligar las diversas formas de la realidad a un símbolo sagrado que revele su verdad esencial es relevada por una nueva: determinar la identidad específica de cada una de las cosas que habitan el mundo. Por primera vez en la historia, la serpiente deja de ser un símbolo de Lucifer, una forma que solo tiene sentido en virtud de su semejanza con los ríos o el pecado, y empieza a ser examinada en su alteridad radical, en su ser distinto del resto de componentes del mundo. Las palabras que servían para hacer visible la semejanza secreta entre los ojos y las estrellas son inútiles para quien necesita hacer un inventario “objetivo” del mundo.

… Y es que algo como una realidad objetiva solo podría ser pensada al amparo de un lenguaje capaz de establecer distinciones absolutas entre las cosas —es aquí donde radicaría su mayor efectividad y razón de ser. El “pienso, luego existo” cartesiano cuestiona la legitimidad de un orden de las cosas dispuesto por Dios al plantear que todo ordenamiento de la realidad es una proyección de la razón. Este paradigma declara que el mundo no contiene ningún significado en sí: ni la verdad, ni la belleza ni el bien son realidades que se pueden encontrar habitando entre las cosas, sino que es mediante la razón que el ser humano puede conocerlas. Es así como la mente se sustrae del mundo material, colocado ahí por Dios para goce y usufructo de la humanidad. Si la tradición judeo-cristiana afirmaba que Dios había creado al mundo, entonces se entendió que el mundo era distinto de Dios; por lo tanto, el mundo no es sagrado, y es el Hombre la criatura más idónea entre todas (“Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”) para intervenir en el curso de los acontecimientos mundanos. Separado del mundo en tanto poseedor de conciencia y libertad, el hombre europeo de la modernidad construyó una realidad “objetiva”, desespiritualizada, disponible para su ocupación y colonización.

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La pertinencia de estas discusiones para las comunidades que habitan un territorio como el Perú resulta evidente si recordamos la ocasión del próximo Bicentenario. El recuerdo de un proceso que ha quedado instaurado por la Historia como una “independización” impide otras interpretaciones del momento en el que se reafirmó la autoridad de la cultura europea —en su versión criolla, ilustrada y al mismo tiempo caudillista—sobre las vidas y culturas que tras ese momento quedaron catalogadas como subalternas a la razón occidental. Sin que sea necesario estar de acuerdo con esta lectura, la identificación de la sociedad peruana con la racionalidad moderna es innegable. ¿Cuáles son los efectos de esta identificación? ¿Qué tipo de vida es posible vivir si el sistema hegemónico de creencias solo permite que se establezcan verdades a partir de un entendimiento moderno de la realidad, es decir, de uno en donde el acceso a la verdad solo puede estar asegurado por una mente abstracta que se imagina a sí misma como universal en tanto ha quedado separada del mundo, como si pudiera existir aunque este haya sido aniquilado o reducido a escombros y basura? (Después de todo, el mundo es el mundo y yo soy yo; si arranco una flor, contamino un río o violo a una mujer, “yo” sigo intacto).

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Este taller consta de tres partes: la primera consiste en una revisión de fuentes con el fin de reconocer la identidad de lo moderno ya no como fase final y perfecta de la evolución de la humanidad, sino como un producto histórico, local, ligado a procesos y disputas cuyos efectos siguen sintiéndose en los contextos en donde fue impuesto como paradigma civilizatorio; la segunda parte buscará acercarnos al saber que quedó sepultado por el racionalismo con el fin de recusar la manera en que el pensamiento moderno lo catalogó de confuso y arenoso en tanto estaba orientado a un conocimiento holístico del mundo. La tercera parte estará dedicada al rescate de uno de los símbolos más importantes hallado en diversas culturas y racionalidades “premodernas”: el mandala. Esta figura se caracteriza por su capacidad de contener dentro de sí la totalidad de los signos al ser una representación de todo lo existente: el cosmos. Específicamente, se estudiará el mandala astrológico, cuyos signos han sobrevivido a la “extirpación de idolatrías”, aunque de un modo que los ha puesto al servicio de su propio desprestigio al ser vaciados de su carácter holístico y, por lo tanto, de toda capacidad de referir un conocimiento auténtico del cosmos.

Inicio: 12 de enero

Hora y lugar por confirmar

Inscripciones: max.lira098@gmail.com

Mayor información: https://goo.gl/xmoSkS



Escrito por

Max Lira

toda cubierta de arenas y de ritos


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