no le saca la vuelta a la ley

Promocionar el lesbianismo

Nuevos sujetos, nuevos deseos, nuevas políticas

Publicado: 2016-07-06

Hace poco puse un post en mi Facebook en donde señalaba que el Estado debería hacer tres cosas por las mujeres: 

1. Promocionar el lesbianismo .

2. Alentar la no maternidad .

3. Liberar de pensamientos religiosos .

Y que de esta forma, las políticas públicas podrían servir de algo para disminuir la enorme violencia que viven las mujeres en nuestras sociedades.

En general, alguna gente avispada entendió el mensaje a cabalidad, pero muchos otros no lo entendieron y tampoco les gustó, sobre todo lo primero. Me invitaban a que cambie la palabra “promocionar” por alguna más simpática y que suene mejor a sus oídos. “Promocionar” les parecía demasiado, cómo era posible que pidiera algo así al Estado, mejor sería “fomentar la libertad”, “tolerar a todas las orientaciones sexuales”, “formar otro tipo de pensamiento para la independencia de las mujeres”, “promover el respeto a la identidad de género”, “alentar la libertad de decisión sobre el cuerpo”, etc. Algunos otros, más necios, suponían que yo quería imponer el lesbianismo en una especie de dictadura homosexual comandada por mí, por un lado, o por el otro, más anarco, señalaban que no el Estado no debía meterse en la vida sexual de las personas, que obviamente, es cierto, pero que obviamente, no sucede ni sucederá: el Estado se mete en nuestras vidas y lo que tenemos que hacer es posibilitar que esta intromisión no vulnere nuestros derechos.

Algunos me pasaron el significado de “promocionar” (dar publicidad a un producto, un servicio, etc., para que sea conocido públicamente) para que me diera cuento de lo incorrecta que era la palabra, pero ese es el sentido de mi post, ni más ni menos. Lo que busco con promocionar el lesbianismo es hacer conocida una orientación sexual que, en general, se mantiene oculta desde las políticas públicas, o al margen de las diversas problemáticas que viven las mujeres a partir de su rol heterosexual/reproductor (porque es ahí cuando las mujeres se convierten en sujetos de las políticas estatales) que es el privilegiado, lo que configura para el Estado y sus políticas sociales a un sujeto heterosexual y maternizado como objetivo de su asistencia y protección, los demás, podemos seguir insistiendo.

Algunos podrían pensar que lo que busco es que las políticas públicas dejen de proteger a las mujeres heterosexuales reproductoras, y no es así, las mujeres heterosexuales y con hijos necesitan muchísima protección del Estado por toda la violencia que viven dentro de sus relaciones heterosexuales por parte de sus parejas hombres heterosexuales, quienes o las golpean, violan o matan, o las abandonan con una carga económica difícil de sortear. Lo que se intenta con “promocionar el lesbianismo”, es que menos mujeres tengan que pasar por situaciones de violencia heterosexual que no quieren ni han buscado, pero sobre las que creen que no hay más alternativa, es decir, que mientras el Estado se niegue a considerar a las lesbianas como sujetos de derecho en igualdad de condiciones, más mujeres seguirán creyendo que solo la heterosexualidad es posible en sus vidas, y debido a esta creencia, vivirán una serie de violencias de las que podrían escapar si supieran que hay otras alternativas y estas fueran promocionadas por el Estado para que lleguen a todas las mujeres a nivel nacional.

Mucha gente dice: “¿Cómo vas a promocionar una orientación sexual que es innata? ¿O acaso se puede elegir?”. A eso hay que responderles con manzanas. ¿Acaso el Estado no promociona una orientación sexual que supone innata, natural y normal? ¿Acaso el Estado no incluye a las mujeres en las políticas públicas a partir de la heterosexualidad y la reproducción? ¿Acaso no todo lo que vemos de parte de publicidad estatal es heteronormado? ¿O alguien ha visto algo diferente a un hombre y una mujer como pareja natural? ¿Acaso el Estado no protege solo una forma de unión de parejas y una sola forma de familia? ¿Acaso el Estado no sigue sin reconocer que las personas lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales existen? ¿Acaso no se nos enseña desde muy pequeños que hay una forma correcta de ser mujer y de ser hombre? ¿Y desde el momento en que nacemos no nos colocan un rol y unas tareas en la vida que muchas suponen que es su destino? ¿Acaso las mujeres no debemos usar faldas en el colegio mientras los hombres usan pantalones? ¿Acaso todo lo que vemos impreso, lo que sale en televisión, lo que escuchamos en radios, lo que estudiamos, lo que vivimos, no está marcado por una fuerte impronta heterosexual?

Entonces, ¿en qué momento se puede ser heterosexual de forma natural si todo lo que te meten en la cabeza es heterosexualidad desde que naces hasta que mueres? Y debido a esta enseñanza compulsiva de la heterosexualidad en nuestras vidas diarias muchas mujeres creen que esa es la única posibilidad de vida que pueden vivir, que es la única forma de pareja por la que pueden optar, sin importar vivir sumergidas en relaciones sumamente violentas que día tras día llenan los Centros de Emergencia de Mujer de cientos de denuncias de maltrato, de humillación, de golpizas y de intentos de asesinato.

Cuando solo se “promociona” una orientación sexual, como hace el Estado con la heterosexualidad, esta deja de ser una orientación sexual que naturalmente puede ser ejercida por cualquier persona, para convertirse en un régimen político de control de las vidas de las mujeres, con diversos dispositivos sociales, legales, médicos, educacionales, culturales, sexuales, etc., que definen un rumbo en la vida de las personas (los roles de género, la educación heteronormada, la socialización que te convierte en “hombre” y “mujer”, la pareja complementaria, la familia nuclear, el matrimonio heterosexual, la maternidad, la sanción a las vidas LGTBI y al aborto, etc.). Esta promoción no permite ampliar la visión de las mujeres sobre la posibilidad de no vivir esas vidas, sino otras, unas donde no sean funcionales a los hombres, una en donde puedan mantener la independencia de sus emociones y sentimientos, y en donde no pierdan autonomía frente a una jerarquía en donde las mujeres la solemos perder. Promocionar el lesbianismo es hacerlas salir de la única posibilidad que el Estado les brinda para ser protegidas, pero a la vez, es negarse a convertirse en ese sujeto que el Estado quiere que seas para ser protegida: la mujer heterosexual reproductiva funcional a la masculinidad. Es escapar también de la violencia y la muerte que se ciernen bajo el manto de la heteronormatividad, y es permitirles ser libres por fin para decidir cómo vivir sus vidas, amando en igualdad de condiciones. Promocionar el lesbianismo es darles las capacidades a las mujeres de desarrollarse íntegramente, en autonomía para decidir lo que quieran ser, y esta apuesta debe ser tomada por el Estado para reconstruir el sujeto que surge de las políticas públicas dirigidas a mujeres, y que este deje de ser el sujeto heterosexual/reproductor para ser un sujeto libre/capaz al que hay que permitirle desarrollarse para que cumpla con las metas que se traza en la vida. Las que quieran vivir como heterosexuales, lo seguirán haciendo, y las que quieran vivir como lesbianas, por fin podrán hacerlo con todas las protecciones y garantías que se necesitan para tener la misma calidad de vida. Las denuncias de violencia disminuirán y más mujeres serán más felices. Así de simple.

Y lo mismo pasa con la maternidad y no maternidad. Estas son decisiones personales que toda mujer debe tomar en su vida. Pero eso tampoco suele pasar. La maternidad en nuestras sociedades está santificada, es decir, constituye una categoría ahistórica, prácticamente un dogma, a la que todas las mujeres debemos acercarnos en algún momento de nuestras vidas con las consecuencias visibles de ello, para las madres y para las que deciden no serlo. Si se nos enseñara desde pequeñas que es posible no ser madres cuando seamos grandes, más mujeres podrían tomar las riendas de sus vidas con la tranquilidad de estar asumiendo una decisión que es consensuada y validada por la sociedad. Pero lo que sucede es que desde muy pequeñas se nos enseña a ser madres, de una u otra forma, comprándonos muñecas para que “juguemos” con ellas y cocinas para que imitemos a nuestras madres, mientras a los hombres les compran carros, armas y pelotas para que imiten a sus padres; o en diversas situaciones, asumiendo el rol que nuestras madres tienen en el hogar, atendiendo a los padres y hermanos, dedicándoles tiempo a ellos, priorizando su bienestar al nuestro, y transmutando nuestros sueños en los sueños de ellos, hasta que llega un hombre y nos saca de casa, a la cual regresamos luego con los nietos. Nuestras familias esperan eso de nosotras, la educación que recibimos no nos da otras posibilidades, y quien dicta las normas educativas y los diseños curriculares es el Estado, por lo tanto, es el Estado el que se encarga de promocionar ese destino para nosotras, y es la sociedad la que se encarga de generar los dispositivos sancionatorios a quienes no terminamos cumpliendo ese rol, de formas directas, pero también sutiles.

La propuesta de alentar la no maternidad ni significa imponer una forma de pensar a nadie, ni imponer políticas no reproductivas racistas y genocidas como las esterilizaciones forzadas que le quitaron la oportunidad a miles de mujeres de decidir lo que querían ser, significa dar alternativas que pueden ser elegidas en libertad y generar contrapesos frente a discursos sacralizantes y reificantes de la maternidad, en donde se nos quiere hacer creer que estamos incompletas, que no cumplimos con nuestro rol de mujer, que nuestras vidas no tienen sentido, que moriremos viejas y solas, o que el mundo nos mirará como bichos raros, apestadas, solteronas. En lugar de eso, una política pública que visibilice la posibilidad de no ser madre y todos los beneficios que esto conlleva podría generar mayores estándares de calidad en la decisión de las mujeres al momento de embarcarse en sus proyectos personales. Mientras esto no suceda, la maternidad, para muchas será una imposición de la cual resulta casi imposible librarse.

Otra forma de control y de obligación de la maternidad es la penalización del aborto. No puede haber política pública de planificación familiar mientras el aborto no sea una opción que puedan tomar las mujeres para no ser madres. Mientras el aborto esté sancionado, el Estado estará convirtiendo a más mujeres en madres, integrándolas a sus políticas públicas porque cumplen con el sujeto al que dicen proteger, y menos mujeres podrán escapar de la precariedad, la pobreza y la violencia, convirtiendo las políticas públicas en un círculo vicioso que encadena a las mujeres a determinados roles sin posibilidad de escape.

En el caso de la religión, una educación laica y científica podría ayudar a más mujeres a tener menos pensamientos irracionales y apostar por una vida en donde la razón sea parte de ella. La religión, por siglos, ha sido fuente de discriminación y violencia. Las mujeres siempre ocuparon un papel subalterno dentro de las jerarquías de estas, y las que quisieron ocupar un papel más igualitario fueron desterradas, expulsadas, marginalizadas, encerradas o asesinadas. La caza de brujas, el mayor genocidio de mujeres de la historia, oficiada por la Iglesia y algunos Estados-nación, es el mejor ejemplo de cómo las religiones servían para acabar con mujeres inteligentes y poderosas. La religión ha consolidado el papel sumiso, indefenso e inútil de las mujeres por demasiado tiempo, colocando a las mujeres en los espacios privados para que no puedan ejercer ningún tipo de participación política en los espacios públicos, fueron el principal obstáculo para que las mujeres tuvieran que luchar arduamente y durante décadas para trabajar, estudiar y votar, y no todas fueron medidas con la misma vara, la religión es clasista, racista y discriminadora por esencia, y nada de eso ha cambiado. La otra mejilla, el perdón y el sacrificio fueron sus dispositivos mentales para evitar la rebelión de millones de mujeres a vidas completamente sumidas en la violencia y la desesperanza. Su moral perjudicó y acabó con la vida de millones de mujeres, y LGTBI, y su interferencia en las políticas públicas para que no se puedan reconocer los derechos de las mujeres a la decisión y la autonomía, y de las lesbianas, trans y bisexuales a ser reconocidos como seres humanos, sigue cegando la vida de millones de personas en el mundo todavía.

Por eso y por mucho más, mis tres propuestas para las políticas públicas en el Perú siguen en pie.


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