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Seca la hermana memoria

Ahora que la responsabilidad de las espaldas rotas se le atribuye al tiempo, hoy que bibliotecarios desconfiados se parapetan en las tapas metálicas de un tratado de montería y avisan a los suyos que se construyen muchas torres de Babel a falta de una, hoy sube, como el vaho de un crimen, la certeza del primitivo parentesco del poeta con los criminales.

Rodolfo Hinostroza

Publicado: 2015-07-21

Camina con seguridad, maricón. Ellos ya saben quién eres y dónde vives. Eres del barrio. Tu mamá los saluda y, aunque a ti te dé miedo hacerlo, ellos ya saben quién eres. Eres del barrio. Camina como lo que eres. Muestra respeto.

Ellos no son como tú, al menos no totalmente. Ellos no sienten el miedo así. Uno podría creer que ya no tienen miedo en lo absoluto. Todas las semanas el cerro despide un féretro que de vez en cuando es blanco. Despide una pureza que a fuerza de golpes quedó sacudida de miedo y plena de ira. ¿En realidad esperaban que nos acostásemos sobre todas las violaciones? Nosotros hicimos lo que tuvimos que hacer. En este lado de la ciudad el miedo es un privilegio que solo se puede roer demasiadas veces.

Por más que tengas miedo, tú siempre saluda. A todo el mundo. Aquí estoy yo. Yo soy tu madre. Tienes la suerte de tener viva a tu madre. No es así para todos. Salúdalos porque así ellos saben que los respetas.

Ellos no son como tú. Tú por lo menos tienes algo que perder.

Se supone que no deberías decir estas cosas. Debes estar contento. Agradece que al menos tienes a tu familia, un techo y un plato de comida. ¿Acaso no tienes una madre que te sacó adelante?, ¿acaso no fuiste al colegio y luego a la universidad? No es correcto vivir en el resentimiento. No le gusta a Dios.

El resentimiento no le gusta a Dios, pero tampoco le gusta a quienes nos tienen deudas pendientes. A ellos. Los inteligentes. Los especialistas. Afirman que se trata de una emoción destructiva.

Se supone que no debería decir estas cosas. No debería decirlas porque ya tendrían que haberme matado. Madre, me salvaste de la TBC, de la hepatitis y de la desnutrición pero no de todo lo demás. Ni de tu deseos de hacerme un hombre fuerte ni de las sacadas de mierda de mi padre esporádico por no poder lograrlo. No me salvaste del desprecio dominical de mis primos habitantes de barrios decentes y menos indios que nosotros. Me llevaste a visitarlos con frecuencia para que juegue con los juguetes que nunca me ibas a poder comprar y te avergonzaste de mí cuando descubrieron que había sido yo quien decapitaba a las muñecas que mis primas peinaban con fruición, quizás esperando adquirir mediante ese ritual un poco de blancura adicional.Ya tendrían que haberme matado en alguno de los tiroteos semanales que ocurrían en el barrio. Ya tendría que haberme matado la revancha de mis amigos de la infancia, sospechosos de la ropa cara que mis primos habitantes de barrios decentes me obsequiaban cuando se hartaban de ella. ¿Recuerdas las jornadas de trabajo vecinal en que echábamos litros de brea por todo el barrio para evitar que mis amigos de la infancia, ahora respetados criminales, se apostaran sobre algún muro o banca a planear sus ofensivas? ¿Recuerdas los rosarios que rezábamos para lamentar sus muertes modernamente justificadas? ¿Recuerdas la fiesta que se armó en el barrio cuando Fujimori pasó frente a nuestra avenida por la autopista recientemente inaugurada que nos obsequiaba y que 6 meses después se deshizo ridículamente como si nos sacara la lengua?

¿Recuerdas el orgullo con que me enseñaste a colocar la bandera nacional en nuestro techo cada julio de cada año? La colocábamos con orgullo y sin embargo no hay en ella ningún rastro de lo que tú y yo recordamos. No cuenta la locura de mi padre obligado a sus 19 años a enfrentarse al terrorismo como ágil miembro de la Policía Nacional. No cuenta cómo escupió su trauma en la comida que le servías a sus retornos del alcohol. No cuenta todas las veces en que te rompieron por haber nacido india y con vulva en este país. ¿Qué me heredaste, mamá, sino tu rompimiento grabado en la sangre? ¿Qué me heredaste sino una historia de saqueo y sufrimiento tiernamente maquillada de deseos de salir adelante con el favor de Dios y la Virgen? Y lo que no obtuve de tu sangre circula en la sangre de mis hermanas infectadas por la muerte sexualmente dirigida desde el poder de quienes nos desean exterminadas del todo. La Historia del Perú. La historia de tu sangre en toda la bandera del Perú.

Y como quien le coloca una curita a un cáncer, una vez más me mandaste a colocar la bandera nacional en el techo de la casa. Estoy a la espera de la verdadera orden. El fuego está listo y mis ojos también.


Escrito por

Max Lira

toda cubierta de arenas y de ritos


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