arriba el PERÚ

Me llega al p*ncho el racismo, cholos de m…

Aquí en la lima no cambian las aguas.

Empleadas domésticas, Corazón Serrano, Chicos de Aura, Multicines UVK y filtros que llegan.

Publicado: 2014-03-13

A finales del año 1977 se estrenó en Inglaterra la serie humorística “Mind Your Language”, que trataba sobre un profesor de inglés que tenía la difícil tarea de enseñar su idioma natal a un inusual grupo de 12 estudiantes provenientes de diferentes partes del mundo, desde Japón hasta Pakistán. Luego de dos años de rotundo éxito, la serie tuvo que ser suspendida, dado que el foco central de su comedia se sostenía en exaltar al máximo los estereotipos que a estos estudiantes extranjeros se atribuían (el acento, los gestos, las posturas, las maneras, etc.). Las políticas legales sobre lo que se podía y no transmitir por televisión cambiaron en Inglaterra a raíz de esa serie, puesto que, a pesar de que gozaba de buena audiencia (lo que significa que a muchos ingleses les parecía muy graciosa), no resultaba igual de chistosa para los extranjeros que vivían en Inglaterra, ni para la gente que vivía en los países en los que la serie se transmitía y cuyas identidades parodiaba.  

El asunto era bastante simple: no se puede ridiculizar, humillar, ofender ni violentar la identidad cultural (las tradiciones, las costumbres, la historia, etc.) de ningún grupo humano a través de medios masivos bajo ningún criterio, por una cuestión básica de respeto a la cultura. Menos aún si se trata de la identidad de comunidades que han sido y son históricamente vulnerabilizadas por razones ideológicas, étnicas, sexuales o de otra índole. Y el criterio “humorístico” es la peor de las excusas, puesto que el humor (la burla, la mofa), solo contribuye a agravar la situación de marginación en la que viven dichas comunidades. En otras palabras, no puedo burlarme de una cultura entera para hacer reír a la gente (aunque en eso se basa el 90% de la comedia peruana), porque ello produce y consolida la discriminación.

una de tantas

35 años han pasado desde que dicho programa dejó de emitirse por su alta carga peyorativa. Y el lunes pasado en nuestro país se ha reincorporado a las pantallas nacionales uno de los desastres televisivos más grandes de nuestra historia, por el cual no solo deberíamos estar avergonzados como peruanos, sino exigir a sus directores y productores emitir disculpas públicas a todas las mujeres andinas del país, las cuales son denigradas de forma continua y sistemática por ese amedrentado personaje llamado ‘La Paisana Jacinta’.

Hoy soy testigo de cómo se repite la historia. De cómo la violencia que yo ayudé a generar hace más de 10 años es generada hoy por mi hermano menor. Él acaba de entrar a primero de secundaria y todos sus amigos, sin excepción aparente, prenden su televisión a las 7pm para sumarse a los millones de peruanos que diariamente se burlan de la paisana -y de sí mismos en el proceso- mirando el nocivo programa. Me cuenta que, en su salón, hay una pequeña y tímida niña chaposa de apellido Ñaupari, a la que ya algunos empiezan a llamar “Jacinta”. Me cuenta riendo que, para dirigirse a ella, solo repiten “ñañaña” incansablemente. Me cuenta que a los profesores parece no importarles. Me cuenta que no pasa nada, porque cada salón tiene su Jacinta o su Jacinto (o su Huasaberto). Cuando le pregunto, "¿qué te parece gracioso de la paisana?", sus respuestas son directas: es bien cochina; es bien estúpida; es bien fea (y él no deduce que es fea, se lo dicen en el programa, y él aprende que ese cuerpo es un cuerpo feo); por cómo tiene los dientes; por las cosas que le hacen; por cómo habla; cómo camina; por cómo se viste, por cómo se orina en las calles. En resumen, por cómo es. Por lo que es.

Se describe solo

El bando más decadente de “comediantes” peruanos, defendiendo los frejoles, se excusan alegando que no tiene nada de malo exponer este tipo de personajes, puesto que a los peruanos nos gusta, nos da risa, nos alegra la tarde, nos relaja. O sea, nos hace bien. Que si a la gente le da risa, ¿pues quiénes somos nosotros, además de un montón de amargados y roñosos, para impedir que la gente se ría? Bueno pues, yo soy hijo de una madre inmigrante que sabe leer y escribir bien, que también ha sido empleada doméstica y me enorgullezco de ello, que no orina en los parques ni se deja timar por cualquier tarado, que trabajó toda su vida para que hoy pueda estudiar en una universidad y estar sentado en una computadora con internet. Y me revienta, me indigna, me jode, que representen a mujeres como mi madre de la forma grotesca y vulgar en la que lo hacen. Me desconcierta que un estado y un presidente que se revienta la jeta hablando de “inclusión social” y “lucha contra la discriminación” permita la existencia de este tipo de programas, que son una amenaza para lo poco que nos queda de identidad cultural –si es que alguna vez la tuvimos-.

Jorge Benavides y los productores de Frecuencia Latina olvidan (o pretenden hacernos olvidar) una cosa muy sencilla: no es que a los peruanos nos de risa la Paisana Jacinta, es que son ellos los que nos enseñan qué es gracioso y qué no. Es decir, construyen y legitiman el tipo de deseo que nos quieren ver desear, y lo reproducen incansablemente. Y si están pensando que mi argumento es falso, puesto que hay programas que fracasan en televisión y son sacadas del aire por baja audiencia, no están mirando a donde se debe. En un país como el nuestro, donde la globalización y la incapacidad de nuestros gobiernos han convertido lo blanco en el máximo símbolo de superación y éxito, donde los mensajes alienantes vienen desde todos los ángulos e instituciones (escuela, familia, estado y todos los medios de comunicación), surge inevitablemente la necesidad desde pequeños de aproximarse a ese ideal de blanco-rico-esbelto para adquirir el tan anhelado reconocimiento social. Las caídas, los engaños, las situaciones jocosas no tienen pierde en el humor (es decir, siempre dan risa), y si todas recaen sobre un sujeto despreciado, son más chistosas. Es como pescar en un barril. ‘La Paisana Jacinta’ tampoco tiene pierde en el humor, porque se burla de un cuerpo inválido, inexistente, fantasmagórico, despojado e ilegítimo en el espectro social peruano. De un cuerpo del que uno puede –o debe- burlarse.

tomada de la página de "dedo medio"

¿El proceso? El mismo de siempre. ¿Cómo el “macho” se pinta más de “macho”? Fácil. Acosando a las mujeres y a las maricas en las calles. ¿Y cómo el cholo se hace menos cholo? Pues ubicando y choleando al sujeto que más se aleja del cuerpo convertido en aspiración y deseo de encarnación. El cuerpo del cholo no solo es cholo para sí mismo, es además cholificante. Así que primero, me niego cholo, y luego valido mi “limeñez” tomando distancia -para no contaminarme- y riéndome de ese otro que tiene apellido de provinciano, con los cachetes más rojizos y que confunde vocales usando la ‘i’ y la ‘e’ donde dice mi profesor de lenguaje que no deben ir. Él será el sujeto sobre el cual orbitaré con mis demás compañeros/amigos/familiares para sentirme mejor conmigo mismo. Más bonito, más inteligente, más blanco.

Lo sé porque yo fui parte de esa manada, y hoy trato de evitar que mi hermano caiga en el mismo hábito autodestructivo y violento. Y la paisana Jacinta nos ayudó muchísimo a humillar a ese otro y a sentirnos más bacanes: no enseño cómo, y hoy lo sigue enseñando a millones de niños. Y miles de otros crecerán con resentimiento, odio y repudio hacia una ciudad que sigue creciendo sin salidas para nadie, que lxs margina como si se tratase de una ineludible política de estado. ¿Cuánto raiting vale la vida de un/a niñx? ¿Cuánta plata necesita Jorge Benavides y sus productores para estar satisfechos, o es que lo hacen por puro gusto? ¿Puede un estado que se jacta de ser “inclusivo” cruzar los brazos ante ataques de esta envergadura? Si Inglaterra los detuvo hace 35 años, ¿por qué hoy no podríamos nosotros?


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